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La Iglesia en medio de la crisis del COVID 19: entre el hospital de campaña y el laboratorio de investigación

Iglesia como hospital de campaña

Veo con claridad –prosigue– que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas… Y hay que comenzar por lo más elemental (…). La Iglesia a veces se ha dejado envolver en pequeñas cosas, en pequeños preceptos. Cuando lo más importante es el anuncio primero: ‘¡Jesucristo te ha salvado!”[1].

Una de las metáforas más bellas del Papa Francisco ha sido ver a nuestra sociedad como un campo de batalla, donde la Iglesia funciona a modo de hospital de campaña sanando heridos,   aliviando el sufrimiento de los enfermos, de los pobres, de los más desamparados de este mundo. Una metáfora que nos desafía a dar prioridad a las necesidades de estos últimos y a repensar nuestra identidad y misión en función de ellos, evitando toda tentación de auto-referencialidad.

 

 

De la misma forma que un medico en la guerra no se sienta en su consultorio esperando que los heridos acudan hasta ellos, la Iglesia, como hospital de campaña, se ha lanzado a apoyar a los necesitados  que esta pandemia ha causado. Conocemos la valerosa respuesta eclesial  a través de las numerosas iniciativas de nuestra iglesia local  en este sentido ( https://www.diocesisdesalamanca.com/sin-categoria/iglesiaentiemposdecoronavirus-acciones-en-la-diocesis-de-salamanca-frente-a-esta-crisis/).

Pero, al igual que la Medicina se enfrenta al virus no únicamente desde los consultorios y hospitales, procurando curar la enfermedad, sino también desde los Centros de Investigación, buscando vacunas, tratamientos eficaces y medidas que ayuden a prevenir estos males, como iglesia estamos llamados a prepararnos para ese nuevo escenario. La Iglesia no se reduce solo a una misión religiosa, confinada a una pequeña parte de la realidad. Ella posee una misión político-social en el sentido amplio del término, como fuente de inspiración para las transformaciones que conformen una civilización del amor y la compasión Debemos combinar la medicina curativa y la medicina preventiva. Nos compete, pues, investigar las respuestas a esta pregunta: ¿seremos capaces , como comunidades cristianas visibles y actuantes,  de tener una palabra significativa  en medio de la sociedad que se está configurando? ¿Seremos resto o residuo? “[2].

Riesgos y oportunidades en este nuevo tiempo

Numerosos pensadores nos han alertado de los peligros de este tiempo, en los que la angustia, el crecimiento de la desigualdad, de la xenofobia y el autoritarismo nos acechan. Sin embargo, la actual pandemia no ofrece solo temores, sino también posibilidades únicas para nuestra época.  Estamos ante un momento kairológico, que puede abrir un nuevo campo a la reflexión para la Iglesia y la espiritualidad.

En primer lugar, es un tiempo que nos llama a la humildad; Pone al descubierto el hecho de la fragilidad humana, la limitación, la vulnerabilidad del ser humano. El coronavirus nos saca de nuestro narcisismo, y del ombliguismo en que muchas veces caemos. Constatar que podemos hacer mucho menos de lo que pensamos, que no controlamos nuestro destino y que somos débiles,  puede ser tremendamente liberador .

En segundo lugar, nos llama a descubrir nuevas formas de solidaridad. En palabras del Papa Francisco, “en esta situación de pandemia, en la que nos toca vivir más o menos aislados, estamos invitados a redescubrir y profundizar el valor de la comunión que une a todos los miembros de la Iglesia[3]. Esta crisis nos ha revelado que la única manera de salir de ella es uniéndonos, nos ha enseñado que pertenecemos a un colectivo, que nadie se salva solo  y que,  para que el país funcione,  todos somos necesarios, sobre todo los que considerábamos menos valiosos: reponedores, limpiadores, cuidadores, sanitarios,  cajeros, etc. Nuestras vidas dependen de todos ellos. El coronavirus nos ha hecho pensar en la importancia del cuidado propio y mutuo: si me protejo estaré ayudando a los demás…y si los demás son cuidados y están bien, eso repercutirá positivamente en mi salud. Como dice la psicóloga italiana Francesca Morelli    se trata de sentirse “parte de algo mayor sobre lo que ser responsables y que ello a su vez se responsabilice para con nosotros. La corresponsabilidad: sentir que de tus acciones depende la suerte de los que te rodean, y que tú dependes de ellos”.[4]

En tercer lugar, este momento histórico nos debe ayudar a rescatar el inmenso valor de la espiritualidad. La necesidad de estar recogidos y en soledad puede ser una invitación a mirar nuestro interior y preguntarnos que nos está diciendo el espíritu de Jesús en estos momentos. Como nos dice Edgar Morin, “el confinamiento nos anima a tomar conciencia de lo que todos conocemos oscuramente: que el amor, la amistad, la realización personal en una comunidad, la solidaridad son los verdaderos valores”[5].

En cuarto lugar, el coronavirus nos está enseñando a valorar más lo que tenemos. Hemos descubierto cuántas cosas son superfluas y qué pocas son realmente necesarias. Aprendemos a priorizar la importancia del amor expresado en gestos concretos, lo valioso   de tener un techo, salud, tiempo para pasar con  la  familia y amigos. Este es por tanto un momento propicio para redescubrir el agradecimiento como actitud ante la vida.

Iglesia como Laboratorio

Nuestro “laboratorio eclesial “ debe, por tanto,  examinar con cuidado los riesgos de esta época pero especialmente las señales de la presencia de Dios. Nos corresponde proponer y practicar respuestas que sean una eficaz vacuna contra futuros “virus destructores “. El genial filosofo coreano Byung-Chul Han decía recientemente “El virus no vencerá al capitalismo…. El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte. De algún modo, cada uno se preocupa solo de su propia supervivencia. La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana. Somos NOSOTROS, PERSONAS dotadas de RAZÓN, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo”.

Desde nuestra fe podemos parafrasear a Byung-Chul Han diciendo que es el Espíritu de Jesús en nosotros quien puede ofrecer esos nuevos caminos que proporcionen una esperanza en ese mundo post-pandemia. Concretar cuales son esos caminos y recorrerlos sin temor es nuestro mayor desafío. Deberemos primero hacer un buen diagnóstico de la realidad con la que nos enfrentamos, después descubrir, a la luz de nuestra fe, cuáles son los “antígenos” más adecuados en este contexto para ayudar a prevenir o tratar las “enfermedades”’ con las que hoy nos deparamos. Y por último ensayar esas vacunas, ponerlas en práctica desde ya en nuestras pequeñas comunidades cristianas para que sean efectivamente luz y sal del mundo en esta compleja y dolorosa coyuntura. Tal vez así seamos semilla para una sociedad más fraterna, donde sobrevivan no los más fuertes sino los que más se apoyan, donde tengamos el coraje para mirar a los ojos a los más vulnerables y donde seamos capaces de reconocer la transcendencia de esa fuerza amorosa que sostiene todo lo que existe.

Y todo esto no desde el optimismo ingenuo, sino desde la esperanza que, como dice el Papa Francisco “sorprende y abre horizontes, nos hace soñar lo inimaginable, y lo realiza”


[1]Papa Francisco, entrevista a La Civiltà Cattolica, lunes 19 de agosto 2013 http://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2013/september/documents/papa-francesco_20130921_intervista-spadaro.html

[2]  Un «resto», en sentido bíblico, es un brote unido a la promesa de un reflorecimiento futuro; un «residuo», en cambio, es el pálido recuerdo de un pasado que se ha ido para no volver. Levoratti, Armando J. Comentario Bíblico. Latinoamericano. Antiguo Testamento. Vol. II. Libros proféticos y sapienciales. EVD 2007, pag. 69

[3]Papa Francisco,  http://w2.vatican.va/content/francesco/es/angelus/2020/documents/papa-francesco_angelus_20200315.html

[4] https://aprendemosjuntos.elpais.com/especial/reflexiones-del-hoy-para-mirar-al-manana-francesca-morelli/

[5] https://www.climaterra.org/post/edgar-morin-palabras-de-sabidur%C3%ADa

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