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Custodios de la vida -Una mirada desde el Centro Ranquines de Caritas-

 

Si acudimos al diccionario en busca de la etimología y el significado de la palabra Custodia veremos que proviene del latín “custodia/custodiae”; guardar, conservar, respetar o cuidar. Custodia también es  la pieza de oro donde se coloca la hostia después de su consagración para la adoración de los fieles. Ser “custodia” es guardar la memoria viva del Señor Jesús que se entrega por nosotros continuamente en la Eucaristía.

Procuraré mostrar como desde Caritas, en concreto desde Ranquines, intentamos hacer cumplir esa misión de custodia de la vida y como, al mismo tiempo, la personas que cuidamos son Custodia…nos muestran al Señor, a nos señalan al Cristo vivo entre nosotros

Y haré eso relatando la actitudes que creo que son necesarias para asumir esa tarea  (custodiar las vidas más vulnerables) y descubrir en medio de ella al propio Cristo

 

  1. Asumir el riesgo: custodiar la vida implica aproximarse de personas y situaciones desconocidas , que no descolocan

Las personas con problemas de salud mental nos inquietan nos causan cierto temor….Y dejando de lado cualquier prejuicio si hemos de decir que representan una cierta amenaza, Pero su peligro no viene  como muchos falsamente imaginan de una ocasional violencia  física o verbal, que casi nunca se da. El auténtico peligro proviene de la fuerza de su interior, de cómo nos desinstalan, de su penetración psicológica, de su modo de poner a prueba nuestro amor propio. Los grandes psicoterapeutas siempre han dicho que nunca estamos ante un loco sin consecuencias. Estar delante de una persona así , cuando se le escucha y se le atiende sin juicios, nos cuestiona de modo inmediato.  Texto de Fernando Colina:

“Su familiaridad con los límites de lo humano, su trágica experiencia con los abismos de la palabra, su contacto singular con los márgenes del lenguaje o su sensibilidad ante lo más descarnado de la verdad, remueven en nuestro interior algo muy radical e imprevisible[1]

  •  La importancia de hacer la pregunta correcta[2]

Ante una persona con problemas de salud mental la tentación inicial, en la que incurren todas las instituciones y centros por las que esa persona ha ido pasando, es priorizar un diagnóstico, precisar que tipo concreto de enfermedad tiene, enclausurarlo bajo un concepto (esquizofrénico, paranoico, bipolar….), lo clasificamos, como hacemos con todas las demás personas en la vida, solo que aquí las consecuencias son mas graves. Para eso se le pregunta por sus síntomas, si tiene o no alucinaciones, si escucha voces, cuando empezó a oírlas y ya, mientras esa persona  te cuenta por enésima vez todo eso, el oyente va clasificándolo en uno u otro subapartado del DSM (Manual de diagnostico de enfermedades mentales) y va pensando  que tratamiento farmacológico o terapéutico debería iniciar.

Es modo reduccionista y cosificador de ver a la persona.

Si procuramos ver em los evangelios el modo de ser de Jesús observaremos que más relevante que lo que hace o lo que explica son las preguntas que realiza….interpelan directamente a la persona, van al centro de su ser.

Hay una pregunta central que aparece en ocasiones, como en el pasaje del ciego Bartimeo (en MC 10 46-52): “¿qué quieres que haga por ti?” que no es más que una manera sutil de preguntar “¿cuál es tu sufrimiento?’”. Esta es la pregunta clave y el interés con el que debemos aproximarnos no solo a una persona con trastorno mental sino a cualquier persona en situación de vulnerabilidad. Y la otra pregunta que Jesús hace en repetidas ocasiones es “¿Quieres curarte?” respetando la autonomía y la dignidad de esa persona.

Quién tiene una enfermedad mental no quiere saber inicialmente de diagnósticos, de tratamiento, no tiene ningún tipo de déficit en su organismo o de tara en su cuerpo o mente ….no,   …. viene con una angustia vital enorme, con una historia de sufrimiento y exclusión que es necesario escuchar y acoger primero. Los síntomas que pueda tener, y a los quede modo equivocado se les presta excesiva atención, no son más que el modo que ha encontrado para sobrellevar esa historia de dolor, esa angustia. Le podemos intentar reducir sus síntomas, pero esa angustia permanecerá.

A Jesús no le importó tanto el pecado o la culpa (“Maestro, para que este hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, él o sus padres?”), sino el sufrimiento: la gente que sufría y la gente que hacía sufrir. No le importó ponerle o no un nombre a su estado de salud, sino el daño: la gente herida. En última instancia, ni siquiera le importó quién tenía la culpa, sino que alguien, cada uno en su lugar y a su manera, se hiciera responsable y dijera: “Yo respondo. No quiero herir, quiero curar. Y también al que hiere quiero curarlo, porque también él está herido”.

Para ayudar a una persona en esta situación no es preciso sólo una adecuada y competente formación técnica (que también). Es necesaria también lo que la encíclica una “formación del corazón”.

 Un primer requisito fundamental es la competencia profesional, pero por sí sola no basta. En efecto, se trata de seres humanos, y los seres humanos necesitan siempre algo más que una atención sólo técnicamente correcta. Necesitan humanidad. Necesitan atención cordial. Cuantos trabajan en las instituciones caritativas de la Iglesia deben distinguirse por no limitarse a realizar con destreza lo más conveniente en cada momento, sino por su dedicación al otro con una atención que sale del corazón, para que el otro experimente su riqueza de humanidad. Por eso, dichos agentes, además de la preparación profesional, necesitan también y sobre todo una « formación del corazón »: se les ha de guiar hacia ese encuentro con Dios en Cristo, que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad[3]

3. La mirada y la escucha

Mirar la vida de estas personas  con la mirada de Dios, con los ojos de Jesús. Una mirada sensible al dolor y al sufrimiento y, por ello, generadora de misericordia; una mirada que pueda descubrir señales de esperanza  donde aparentemente no es posible encontrarlos. Mirar más allá de las primeras evidencias o impresiones, escuchar más allá de las palabras o los silencios (muchas veces lo no dicho es más importante que lo dicho). Una contemplación que siempre se pregunta, que nunca se da por satisfecha.

Y escuchar con atención (“la atención es una forma de oración”-Simone Weil), poniendo mucha prudencia en nuestras palabras. Nuestros buenos consejos tienen el riesgo de sonar huecas  como las de alguien que teniéndolo todo resuelto se atreve a dar lecciones a otros sobre cómo afrontar la dureza de la vida. Aquellos a quienes queremos ayudar necesitarán más y agradecerán más nuestra escucha y nuestro silencio que unas palabras vacías.

Ese modo de mirar y escuchar exige renuncia al propio pre-juicio, a esquemas preconcebidos, a poner etiquetas. Eso nos quita, una vez más, nos muestras dimensiones que nos disgustan pero nos ayuda a comprenderlos y a aceptar a la persona como ella es 

Este tipo de contemplación nos, cambia nuestro modo de ver la vida, y nuestro modo de entender  el evangelio…

3. Un modo concreto de acompañar, basado en estos principios

  • Buscar generar una base de relación humana y de confianza (“desde una cercanía real y cordial”) por la que la otra persona me acepta como compañero/a…; no como jerarquía, no como “monitor”…como compañero.
  • Disponibilidad: más allá de los tiempos prefijados o preestablecidos, fuera de los espacios “míos” (ese “salir”…)…;
  • Capacidad de abnegación y de renuncia: a mi ritmo y mis prisas para acompasar los pasos, a mi camino o itinerario prefijado…;
  • Sentido de la gratuidad: generar in-dependencia, libertad, que aprendan y puedan caminar por sí solos, sin necesitar o depender de mí.
  • Por ultimo pero creo que es lo más importante aunque parezca lo más simple:  estar, permanecer junto….no siempre es fácil….En la cercanía y la convivencia también nuestra humanidad, nuestra espiritualidad  es tocada y, quizá, en algunos puntos modificada. De entrada muchas cosas nos repelen ….nuestra sensibilidad coloca resistencias al tú a tú con los enfermos mentales. Hace que sintamos como extraños sus comportamientos, sus costumbres, sus valores, sus modos de entender: que nos sintamos extraños, en definitiva. En el día a día, en ese estar junto a ellos, vamos percibiendo matices sorprendentes en su sensibilidad y cuestionamientos importantes a la nuestra y nos damos cuenta de hasta qué punto son ofensivos para ellos modos de actuar o decir que a nosotros nos parecen normales, y hasta qué punto hay riqueza y valores ocultos en ellos.

Ese estar a su lado nos hace ver que las cosas igual no son como siempre las habíamos pensado, que tienen otros matices, que no están tan claras. Y experimentamos hasta qué punto son injustas tantas leyes, y marginadoras tantas formas de abordar la salud mental  así como los peligros de tantas buenas intenciones tan llenas de bondad como escasas de luces.

En resumen, acompañarlos vitalmente nos cambia por dentro. Porque cuando entras en la vida de una de estas personas, él, ella, ellos, también entran en la nuestra. “Lo que hiciste a uno de estos me lo hiciste a mí”.

4. Desde donde lo hacemos….desde Cristo

Igual que la acogida a la persona que llega a Ranquines la iniciábamos con una pregunta “¿cuál es tu sufrimiento?”, nuestro compromiso en Caritas proviene de otras preguntas. En la Biblia hay dos preguntas que la recorren a modo de leitmotiv: ¿dónde está tu Dios? y ¿dónde, tu hermano? El hallazgo en la implicación del agente en Cáritas consiste, precisamente, en comprender ambas preguntas como las dos caras de una misma moneda. YWHW siempre responde a la inquietud del hombre por Dios inquietando al hombre.  Dios es bíblicamente el que llama, y llama desde los aparentemente abandonados. El cristiano, y más concretamente el cristiano que colabora en Cáritas es el que se convierte en rehén de su hermano (Levinas). “¿Dónde está tu hermano” (Génesis 4,9)? Y la respuesta no puede ser un evasivo “No sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? ” …porque sí lo somos.

Y a la otra pregunta de cómo nos hacemos prójimos, de cómo podemos ser “custodios” de nuestros hermanos, Jesús nos responde en la parábola del buen samaritano, pero sobre todo con su vida, muerte y resurrección. Jesús nos muestra que la respuesta no está tanto en dar cosas o restar servicios, está en darse. Jesús no da “algo”, sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre” . El modo de trabajar en Ranquines y en Caritas no se limita a dar cosas más o menos “exteriores” (bienes, tiempo, habilidades…), es entrega, es compromiso con la persona, y por eso preocupación y solidaridad por su crecimiento personal, por su autonomía y su futuro.

El alimento de esa actitud interior de entrega, de acogida radical, de gratuidad es la comunión con ese Jesús, cuya mayor generosidad fue la de entregarse a sí mismo. Esta experiencia es clave para entender nuestro modo de ser y estar en Caritas.

Y sabiendo que “El poder ayudar no es mérito… ni motivo de orgullo. Esto es gracia”


[1] Colina, Fernando. Sobre la locura. Ed Enclave de libros. Madid.2013. Pag. 46

[2] En la leyenda del Santo Grial la única posibilidad de encontrarlo y restaurar la justicia y la armonía en la tierra pasa por saber hacer la pregunta correcta

[3] Carta encíclica Deus caritas est  de Benedicto XVI, num. 31 b

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