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¿Crisis de las religiones?

 

En todo el mundo, especialmente en las sociedades occidentales, estamos observando un vertiginoso proceso de cambio en el que el avance tecno-científico está transformando radicalmente las instituciones, las relaciones sociales, nuestros sistemas de valores e incluso la propia subjetividad.  Así como las etapas anteriores, la sociedad agrícola y la industrial, se caracterizaban por la solidez y perdurabilidad de sus estructuras, valores y comportamientos, la actual sociedad de la información se basa en la innovación, en la provisionalidad de sus fundamentos, en el conocimiento y la transformación constante. No somos conscientes de la rapidez de esos cambios.

A finales del siglo pasado, hace apenas 20 años, los teléfonos móviles o internet eran aún elementos extraños al común de los mortales, y estaban por desarrollar tecnologías que hoy asumimos con normalidad como los coches eléctricos, el comercio electrónico o la clonación. Hoy en día en plena cuarta revolución industrial no tampoco tenemos noción de las consecuencias que tendrá el dominio del “Big Data” ( el poder de acumular datos y su gestión), el uso de la química, la genética o los dispositivos electrónicos para mejorar los cuerpos y cerebros, o el extraordinario aumento de la robotización y la inteligencia artificial.

Los sistemas de creencias, valores y símbolos que constituyeron las grandes religiones propias de sociedades agrícolas y que difícilmente intentaron adaptarse a la sociedades industriales, no son considerados relevantes en estas nuevas sociedades que se están constituyendo. El papel de las religiones no puede ser, hoy en día, el de ofrecer un esquema de interpretación de la realidad, una forma de entender la vida social, la moral o los valores, porque esa interpretación de la realidad dejó de ser “útil” para la supervivencia y progreso de la sociedad como era antaño. En realidad, el papel de la religión y, más concretamente en nuestro contexto, del cristianismo va mucho más allá de ser un pilar estructurante de la organización social. Ella puede proponer un proceso de transformación interior que da acceso a nivel distinto de conocimiento y de acceso a la realidad.

La sociedad contemporánea es totalmente refractaria a moldes estáticos y autoritarios, pues se ve obligada a vivir de la innovación y del cambio constante en los campos científico, tecnológico, organizacional y axiológico. La religión ya no puede presentarse como sistema de creencias, valores y poderes, ni contraponerse a la ciencia. La vía de la religión es ofrecer una espiritualidad como camino de proceso interior que posibilite la autonomía y la libertad, como camino de respeto, amor, dedicación y cuidado por la vida; esta forma de presentarse al mundo, renunciando a todo poder, no pretende ofrecer un sistema preciso de valores universalmente válido ni tampoco una manera de determinar la cultura y las relaciones sociales.

La legitimidad de la religión en nuestro mundo viene de presentarse como espiritualidad entendida como la realización más plena y total del ser humano, una experiencia última, una condición de la existencia irreductible a cualquier otra. La espiritualidad no nos da soluciones ya listas para las distintas situaciones de la vida, pero ella misma se constituye en fuente de posibles soluciones válidas.

 

 

 

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