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Profesionalización del Tercer Sector, requisito para la supervivencia

Decía el recientemente fallecido Toni Catalá que : “Si hay algún territorio de misión evangélica en el que no se puede prescindir de la profesionalidad, ese es el campo de la exclusión y marginación. Con todo el riesgo de exageración –aunque tan solo digo lo que he visto– puedo afirmar que es el territorio en el que más prejuicios y prevenciones se dan hacia lo profesional. Parece ser que los pobres no merecen nuestra preparación y capacitación profesional y técnica. Más de una vez he tenido que oír a algún voluntario o voluntaria,  con mucho dolor por mi parte que, para estar con los pobres, no hace falta tanto tiempo de formación… Creo que subyace algo no dicho y que está operando: el miedo a que la competencia profesional sea una barrera o dificultad para una implicación compasiva. En nuestra cultura «psi», la compasión se reduce a una mera cuestión de empatía, cuando la compasión consiste fundamentalmente en tomarse radicalmente en serio a las criaturas en su alteridad”[1].

Precisamente porque en la acción social trabajamos con los últimos, no podemos permitirnos ningún error, para ellos debe ser lo mejor de nuestra persona y competencia profesional. El coraje y la buena voluntad por sí solos no son suficientes para mantener una organización en funcionamiento durante mucho tiempo. Las posibilidades de ayudar eficazmente a los más empobrecidos son mucho mayores cuando la entidad puede contar con personas capaces de gestionarla bien, con profesionales competentes, y con conocimientos técnicos suficientes, para desempeñar sus funciones de manera satisfactoria.

Estamos en un contexto en el que, por la relación que mantienen las entidades sociales con el Estado, con el Mercado y con el Tercer Sector, la mayor demanda de profesionalización de estas instituciones se hace cada vez más visible. Es verdad que muchas veces existe cierta injusticia en la expresión “profesionalización del tercer sector”, porque los educadores, profesionales de la salud, trabajadores sociales, economistas, psicólogos, entre otros que realizan las actividades del proyecto social, ya cuentan en su mayor parte con una excelente formación académica y técnica en sus respectivas áreas. Sin embargo, a estos profesionales a menudo se les pide que gestionen proyectos sociales y lideren sus equipos, sin tener el tiempo, ni a veces la experiencia y habilidades específicas para el área de gestión de proyectos. Esto incluye, por ejemplo, saber cómo identificar y responder las siguientes preguntas: ¿son precisas las estimaciones del proyecto? ¿Los planes del proyecto son completos y detallados? ¿Se monitorea el progreso del proyecto en todos los niveles? ¿Se están logrando los cambios sociales que el proyecto quiere abordar?

Para finalizar es importante aclarar que:

  • Dada la necesidad que tienen las entidades del Tercer Sector de ejercer una gestión de la calidad, buscando la eficiencia y transparencia, especialmente en la gestión de recursos de terceros, la profesionalización de su personal no puede considerarse un gasto, sino una inversión.
  • Esa búsqueda de la profesionalización no debe, en modo alguno, ensombrecer el objeto social de la organización, su misión ni el carisma y la espiritualidad que le dio origen y la impulsa.

[1] Catalá Carpintero, Toni, “Salgamos A Buscarlo Fuera De La Ciudad”: Notas para una teología y espiritualidad desde el cuarto mundo. PPC. Madrid.2010, pp 8-9

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