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Vacunación como opción moral

Ante una crisis sanitaria global, no podemos anteponer el bien personal al bien común. Como cristianos estamos llamados a universalizar la vacuna para ejercer libremente nuestra responsabilidad moral hacia otras personas, y  exigir que se liberen las patentes para que puedan producirse de manera masiva y lleguen a todo el mundo.

Crecen en todo el mundo los grupos que difunden información falsa sobre las vacunas contra el coronavirus. Los métodos de desinformación son variados: distorsionar el contenido científico y periodístico, difundir teorías de la conspiración e incluso ofrecer curas falsas utilizando productos que se sabe que son tóxicos para la salud humana. Entre las publicaciones, hay insinuaciones de que el virus sería una herramienta para instituir un nuevo orden mundial.

Desde una posición socialmente responsable, vacunarse es una opción clara por el bien común, una elección moral dictada por la responsabilidad que tenemos con otras personas. Desde la óptica más específicamente cristiana, vacunarse es un deber humano, en nombre de la solidaridad social y cristiana, en nombre de la caridad hacia uno mismo y los demás. Estamos redescubriendo como la necesidad de interdependencia es fuerte, y frente a elecciones tan importantes, donde nos jugamos la vida, el individualismo no debería prevalecer.

Otra cuestión ética que surge aquí es la injusta desigualdad en el reparto de vacunas. Los países más pobres solo tendrán su población vacunada, en el mejor de los casos, en 2024, y es posible que haya países que nunca vean la vacuna. En este tema juega un papel destacado el sistema de patentes (creado en la década de 1990 en la Organización Mundial del Comercio con el desarrollo de tecnologías médicas). Hay un enfrentamiento abierto entre quienes defienden los derechos de propiedad intelectual de los medicamentos y quienes exigen acceso a medicamentos más baratos para salvar vidas. Los países ricos, donde se encuentran las empresas farmacéuticas que producen estos medicamentos, en su mayoría se negaron. En general, las soluciones que presentan los países del Norte tienden a agudizar la crisis, utilizando su poder económico para concentrar vacunas en sus territorios, prohibir la exportación de vacunas a otros países y defender la propiedad de las corporaciones farmacéuticas. ampliando las desigualdades contra los países del Sur Global. Las empresas farmacéuticas de los países ricos son las principales beneficiarias de estas medidas.

Una vacuna popular, es decir, gratuita y con acceso indiscriminado a todos, solo puede garantizarse con el enfrentamiento de intereses privados que valoran el lucro frente a la vida.

Ante una crisis sanitaria global, no podemos anteponer el bien personal al bien común. Como cristianos estamos llamados a universalizar la vacuna para ejercer libremente nuestra responsabilidad moral hacia otras personas, y  exigir que se liberen las patentes para que puedan producirse de manera masiva y lleguen a todo el mundo.

El bien común es una elección moral responsable que garantiza el bienestar del conjunto de la sociedad. Invocar sin más la libertad para defender la posibilidad individual de no vacunarse o el libre mercado de vacunas es profundamente egoísta. No se es libre sin vínculos sociales; no se es totalmente libre si no se es responsable ante uno mismo y los demás. Por eso vacunarse y facilitar que todos se vacunen se convierte en una elección moral auténticamente responsable. En favor del bien común, debemos dejar de lado la lógica del “yo” para que la del “nosotros” se imponga como una elección.

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