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¿Quién soy en realidad?: el problema de la identidad

La noticia saltó hace pocos días.  En el año 2002, un error del hospital de Logroño hizo que dos familias intercambiaran a sus hijas recién nacidas.  María fue entregada a los padres de Ana quien, a su vez, pasó a vivir en la familia de aquella. María tuvo, al menos a priori, una vida más complicada de la que le hubiera correspondido, pues pasó a convivir en una familia desestructurada, donde las incapacitaciones y discapacidades de los supuestos padres, le hicieron quedarse bajo custodia de la abuela materna.

En 2017 una prueba de ADN de su presunto padre, que no quería pagar una pensión de alimentos, sacó a la luz que él, efectivamente, no era el padre biológico. Otro examen similar posterior comprobó que tampoco lo era la madre. Después de confirmaciones más análisis e investigaciones, María acabó llevando a un bufete de abogados la pregunta más radical que un ser humano puede hacer: “Díganme ustedes quién soy“. El padre de una de las niñas intercambiadas en Logroño expresaba así su dolor y estupefacción : “La herida se puede curar, pero la cicatriz queda ahí”.

El acto de preguntarse por uno mismo es intrínseco al ser humano, aunque la hagamos con temor y temblor . No me digas tu nombre, ni lo que haces o hiciste, ni tu nacionalidad  o religión, ni lo que sabes. Dime… ¿quién eres realmente?

Anthony de Mello nos habla de este tema a través de un pequeño cuento:

Una mujer estaba agonizando en la sala de un hospital. De pronto, tuvo la sensación de que era llevada al cielo y presentada ante un Tribunal.

“¿Quién eres?”, dijo una Voz.

“Soy la mujer del alcalde”, respondió ella.

“Te he preguntado quién eres, no con quién estás casada.”

“Soy la madre de cuatro hijos.”

“Te he preguntado quién eres, no cuántos hijos tienes.”

“Soy una maestra.”

“Te he preguntado quién eres, no cuál es tu profesión.”

Y así sucesivamente. Respondiera lo que respondiera, no parecía poder dar una respuesta satisfactoria a la pregunta

“¿Quién eres?”

“Soy cristiana”, respondió ella.

“Te he preguntado quién eres, no cuál es tu religión.”

“Soy una persona que iba todos los días a la iglesia y ayudaba a los pobres y necesitados.”

“Te he preguntado quién eres, no lo que hacías.”

Evidentemente, no consiguió pasar el examen, y fue enviada de nuevo a la tierra.

Cuando se recuperó de su enfermedad, tomó la determinación de averiguar quién realmente era y su vida cobró otro sentido…

El Papa Francisco, citando a Paul Ricoeur, afirma que «el ser humano aprende a reconocerse a sí mismo en la relación con las demás criaturas: [como dice Ricœur] “Yo me autoexpreso al expresar el mundo; yo exploro mi propia sacralidad al intentar descifrar la del mundo”»[1].

Desde el punto de vista de la fe cristiana encontrar la propia y verdadera identidad implica un proceso de descentramiento para poder decir como San Pablo: “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. Mi vida la vivo en la fe de Cristo que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal. 2,20).

A diferencia de muchas otras religiones y sistemas sociales, donde el lugar que cada uno ocupa en la sociedad está marcado por algún rasgo distintivo de su supuesta identidad (la nacionalidad, el género, la posición económica, el prestigio, sus conocimientos…), en el cristianismo se establece el principio de universalidad, expresado por Pablo: “Ya no hay judío ni gentil, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28.) La identidad personal, y la identidad social, no vienen definidas por determinadas características personales (genéticas, históricas o culturales) que a veces consideramos determinantes, sino de nuestra relación frente al Otro y frente a los otros, relación que, como nos dice la 1ª carta de Juan,  solo puede estar mediada por el Amor.

[1] Francisco, Encíclica Laudato si’, n. 85.

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