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Espiritualidad: subvertir o mantener el (des) orden establecido

El mandato de Jesús de amar al prójimo, más aún, de amar al enemigo, va más allá de lo racionalmente posible. No hablamos de respetar o tolerar al otro sino de amarlo. El cristianismo ha sido la revolución más radical de la historia.

En estos tiempos de crisis global, a la que nos ha llevado un capitalismo feroz, absolutamente amoral (como Adam Smith decía, “No es la generosidad lo que mueve al comerciante a vender sus productos a precios módicos, sino el interés.”) va siendo momento de volver nuestra mirada a quien fue el artífice de la mayor transformación de conciencia acontecida en nuestro mundo.

El avance y profundización del neoliberalismo estas últimas décadas ha llevado a un agravamiento general de la salud mental.  Según la Organización Mundial de la Salud más de 300 millones de personas padecen depresión, un 70% son mujeres y un 30% hombres, y es considerada la principal causa de discapacidad y de suicidios. Más de 800 mil personas se suicidan cada año. La pobreza, la desigualdad y violencia de género, el desempleo y las políticas sociales son elementos que juegan un papel determinante en la posibilidad de sufrir algún trastorno mental.

Para sosegar nuestra lógica ansiedad el sistema nos propone espiritualidades a la medida del mercado como el mindfulness, que convierte el momento presente en el nuevo fetiche que nos separa de la memoria subversiva y de la imaginación utópica. Es conveniente distinguir el mindfulness como simple técnica de meditación de las intenciones ideológicas y mercadológicas con las que se promueve, vendiéndolo como panacea a todos nuestros males. La atención plena puede ser una coadyuvante para la transformación personal y social siempre que nos permita observar que esa ansiedad o estrés no son únicamente o culpa nuestra, sino que derivan de factores estructurales. Nos será de utilidad para someter a critica nuestras percepciones y presupuestos y para discernir adecuadamente. Pero, lamentablemente, se utiliza en muchas ocasiones como mecanismo adormecedor de conciencias, como modo de que sigamos acríticamente consumiendo y produciendo conforme a las necesidades del sistema aceptando pasivamente nuestra condición.

La industria del mindfulness mueve unos US$3,7 billones al año en el mundo, según el Instituto de Bienestar Global. La suma de los ingresos totales de las 100 principales aplicaciones de bienestar mental superó en 2020 los 1.000 millones de dólares.

Es un tipo de budismo adaptado al espíritu de la época, que busca proporcionarnos una paz interior y serenidad que no conducen a una real liberación. Se nos invita a creer que la persona puede transformarse a sí mismo sin percibir las condiciones de sufrimiento a su alrededor. La noción del sufrimiento mental como una especie de enfermedad que afecta al común de los mortales y que está solo en nuestra cabeza oculta los conflictos sociales causantes de esa situación, y nos propone individualizar la solución al problema, como si las tensiones fueran fruto del estilo de vida de cada uno y no requieran para su resolución medios sociales y políticos, una acción colectiva.

En medio de una cultura generadora de exclusión y muerte donde se prioriza el capital y la propiedad antes que la vida, se nos ofrece no una mirada atenta a las raíces de esa cultura, a las causas que provocan que nuestra vida sea cada vez más precaria y frágil, sino a nuestros pensamientos y a nuestra propia incapacidad para estar serenos y lucidos en medio de la tempestad exterior.

Sin embargo en nuestra propia tradición cristiana están las bases para la mayor subversión del status quo que nadie jamás podía haber imaginado. Si algo nos enseñó la mirada de Jesús es la capacidad de contemplar los mecanismos de exclusión de su época, denunciar a sus causantes y  empatizar, desde las entrañas, con todo el inmenso sufrimiento de la gente.

Esto solo es posible cuando se comprende bien nuestro origen, que es al mismo tiempo nuestro destino o, en palabras de Simone Weill, ”Dios ha creado por el amor y para el amor… Ha creado seres capaces de amor en todas las distancias posibles.”

El mandato de Jesús de amar al prójimo, más aún, de amar al enemigo, va más allá de lo racionalmente posible. No hablamos de respetar o tolerar al otro sino de amarlo. El que ama observa en el otro todas sus debilidades (porque ha sido capaz de reconocer antes la suyas propias) y ama esa persona con esas debilidades y no a pesar de ellas. Y es algo que se manifiesta en la práctica y no meramente en ritos o palabras. Como nos muestra el pasaje del Juicio Universal  (Mt 25, 34-46), lo que importa es la dedicación y el compromiso hacia el prójimo que sufre.

Ese amor universal solo puede darse cuando se relativizan los vínculos naturales que nos clasifican y separan a unos de otros: los vínculos de familia, nación, religión, sexo, o incluso el vínculo consigo mismo (el apego al propio yo).

Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo” ( Lc 14,26)

“Y todo el que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos o tierras por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna” (Mt 19,29)

“¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos.  Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre” (Mc 3,33-35)

Es un amor desestabilizador de toda jerarquía de toda diferencia social. “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28).

Ese amor universal no puede separarse del poderoso símbolo que lo sustenta: la cruz. El espíritu de Dios no es si no el amor derramado en la cruz de alguien que muere en nombre de Dios. Como nos recuerda Zizek Lo que muere en la cruz no es el representante de Dios, es el propio Dios. Y muere como consecuencia de los conflictos que provocó con los sustentadores del orden social vigente (la aristocracia sacerdotal, los poderes civiles y militares, los grandes comerciantes y terratenientes de la época) y ante el silencio de los “buenos”.

Es un amor que nos abre a una esperanza, de otra convivio social, con otros valores, con otros principios, con la inviolable dignidad de todo ser humano en su centro.

El cristianismo ha sido la revolución más radical de la historia.

 

 

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